La felicidad, a veces, se desentierra

A veces, las cosas que nos hacen felices hay que desenterrarlas. Permíteme que me explique a través de un término que escuchó mi hijo en una charla sobre prehistoria: nicho cultural acumulativo.

Solemos ver la historia como una línea progresiva en la que, a partir de lo que conocemos, trazamos rutas que integran lo desconocido en un relato. Si estamos en el punto A y al fondo hay una F, entre medio siempre habrá, en este orden, una B, C, D y E. Aunque luego, basta con un hallazgo arqueológico en cualquier rincón del mundo, para se que caiga el castillo de naipes.

La linealidad progresiva está bien para los relatos, pero, el devenir histórico, se parece más a estos nichos culturales acumulativos. Esto implica que toda historia, incluida la nuestra, es una acumulación de un acontecimiento sobre otro. Para entender el concepto es útil ver cómo, al excavar la tierra, según se profundiza, va cambiando su composición. Unos sustratos, unos nichos, se han ido posando sobre otros, como resultado de distintos acontecimientos. Esta acumulación de nichos es, aparentemente, lineal y progresiva, puesto que lo nuevo emerge sobre lo anterior. Aunque hay un decisivo matiz, lo nuevo también tapa a lo anterior.

En la actualidad, no somos capaces de explicar cómo fueron posibles las esculturas de Stonehenge. Hay aspectos sobre la construcción de las pirámides en América y Egipto que tampoco se pueden determinar. Parte del conocimiento que hizo posible estas obras quedó enterrado bajo otros nichos. El presente filtra muchos aspectos del pasado, y otros, simplemente los entierra sin dejar huella.

Es comprensible que muchos acontecimientos de la prehistoria no se filtraran a nichos superiores. Los seres humanos vivían en comunidades pequeñas, aisladas unas de otras, y los mecanismos de transmisión eran frágiles. Si añadimos el paso del tiempo y la acumulación de capas, es lógico que muchas huellas solo puedan recuperarse si, literalmente, se excava muchos metros bajo tierra.

Hoy día, los nichos se superponen a mucha mayor velocidad. Por suerte, tenemos infinidad de mecanismos para transmitir información y conocimiento, lo que facilita que lo valioso se filtre a los nichos superiores y haya continuidad. Aunque, la velocidad y el volumen pueden desbordarnos.

La filtración entre nichos necesita permeabilidad y tiempo. La hoja del árbol, si cae sobre un suelo de plástico, no se filtra. En cambio, si cae sobre la tierra, se va filtrando lentamente y es además abono para que crezcan otras cosas. Se trata de un proceso que genera ricas intersecciones entre lo nuevo y lo que ya estaba.

Si se desborda nuestra capacidad permeable, por exceso de información o por falta de recursos para filtrarla, podemos caer en la tentación de aislarnos en los pocos nichos en los que nos sentimos seguros. Ignorar, menospreciar o separarnos de otros nichos, aparte de limitarnos, puede llevarnos a idealizar cosas que no son, ni fueron. Podemos, en definitiva, terminar cautivos de un relato sesgado donde, con lo poco que conocemos, afirmamos lo mucho que desconocemos.

Nuestra historia personal también es una acumulación de nichos donde, por norma, cuantos más, mejor. Además, si lo que nos pasa, sea bueno y malo, tiene continuidad, nuestra camino suele ser más satisfactorio que si ignoramos nichos valiosos, o los enterramos sin dejar huella, o idealizamos algo que no hemos visitado.

Imagino que alguna vez te ha pasado que un día, de repente, has experimentado algo que tenías ya olvidado o que solo habías vivido en tu mente. Ese acontecimiento puede que te haya hecho cuestionar algún aspecto de tu vida. Algo similar ocurre cuando en una excavación arqueológica aparece una inscripción en una tabla de arcilla que cuestiona el relato histórico que se asumía hasta ese momento.

Si te parece bien, en este año recién estrenado, deseo que logres desenterrar algún nicho mágico que habías olvidado o que solo recordabas a través del espejo deformante de la idealización o la nostalgia.