¿Es bueno dar

palos de ciego?

“Eso te pasa por ir dando palos de ciego”. Probablemente, has escuchado a veces algo así, quizás contigo como destinatario. La expresión da a entender que alguien se mueve sin ton ni son, como pollo sin cabeza.

Su origen se remonta a varios siglos atrás, a una costumbre consistente en encerrar a varios gorrinos en una plaza y poner palos en las manos de algunos ciegos para que los golpearan. Quien lograba matar a alguno lo ganaba como premio. Un espectáculo cruel que tenía su público.

De ahí nació después la piñata. En este caso, se vendaba los ojos a alguien que debía golpear con un palo contra un recipiente de barro que colgaba sobre su cabeza. Dentro podía haber agua, barro, harina, dulces… La piñata se mantiene en algunos países como parte de la fiesta en cumpleaños infantiles.

Hoy día, nos es familiar el repiquetear de palos aquí y allá que suele acompañar a los ciegos en su caminar. ¿Esto significa que están perdidos o desorientados? Incluso en el origen de la expresión, al margen de la crueldad de la costumbre, con cada palo que daban, estaban algo más cerca de llevarse el cerdo a casa y comer una larga temporada. De haberse quedado quietos en medio de la plaza, por miedo al fallo o a la burla del populacho, nada hubieran logrado. ¿Se puede avanzar muchas veces sin dar palos de ciego? Sin tantear lo desconocido o incierto. Sin asumir que los contornos del camino, con frecuencia, solo se distinguen equivocándose hasta acertar.

Se dice que Edison acumuló cientos de experimentos fallidos antes de lograr inventar la bombilla, al preguntarle al respecto, respondía; “no he fallado jamás, he descubierto muchos caminos que no eran y cada uno me ha acercado al que era”. No está claro que la inventara, quizás solo la patentó antes que nadie; en todo caso, su frase vale para cualquier invento o hallazgo.

Se repite que debemos estar preparados para navegar la incertidumbre y, efectivamente, los caminos no suelen estar marcados con baldosas amarillas, ni siquiera medianamente bien señalizados. Hay que tantear, dar pasos aquí y allá, reorientarse con relativa frecuencia. Quien más pasos da, acertados o errados, más avanza.

Nadie está perdido solo por dar palos sin aparente ton ni son, eso sí, siempre que esos palos busquen un horizonte. Sin horizonte, da lo mismo un palo, que cien o que mil. Sin el horizonte de la bombilla, cada palo “fallido” de Edison, o quien la inventara, hubiera sido en vano.

En mucho de lo que hacemos, el resultado no se sabe ni puede garantizarse de antemano. Aunque sí sabemos, o deberíamos plantearnos, el horizonte que perseguimos. Así, unos pasos serán más largos, otros más cortos y otros nos ayudarán a distinguir lo que no es; pero, ninguno será en vano. Ese horizonte no siempre está claro, lo que puede avivar el temor a seguir un rumbo equivocado y, como consecuencia, dejarnos sumidos en un estado de indecisión. En escenarios inciertos, es habitual que el horizonte se presente como una nebulosa. No queda entonces otra que adentrarse en la niebla, avanzar a tientas, e ir alcanzado posiciones desde las que sea más fácil distinguir si vamos hacia donde queremos o si debemos reorientar los pasos.

No siempre se puede avanzar desde la certeza; a veces, avanzar primero a tientas es el único modo de alcanzar las certezas que no se tenían. Estar dispuestos a dar palos de ciego es entonces condición sine qua non. O eso, o esperar, armados de paciencia, a que aparezca una estrella en el cielo que nos muestre el camino y nos lleve en volandas.

Imagen: La parábola de los ciegos (Pieter Bruegel)

El trabajo que hacemos en Artevía, en gran medida, va de guiar por caminos inciertos. Nuestros juegos y metodologías prácticas permiten tantear mucho camino en poco tiempo. Con frecuencia, camino que ni se había imaginado que existía.