Jugar es algo muy serio

El juego, además de a la infancia, se asocia al recreo, al espacio de distracción de las cosas formales y sensatas. Dicho de otro modo, el juego se usa como contraposición de lo serio; “tomátelo en serio, no estamos jugando”. Aunque, no sé vosotros, pero yo, si no juego en serio, me aburro. Y, de otro lado, en lo serio veo claros indicios de juego; “no tengo suerte en el juego del amor”, “el juego de la vida me ha dado malas cartas”, “te la tienes que jugar», “confié en él y me la jugó”.

 El historiador y filósofo Johan Huizinga escribió, en 1938, Homo ludens, obra clave para entender el papel del juego. En ella concluye que al homo sapiens, el ser humano que piensa, y al homo faber, el ser humano que hace, hay que añadirles otra pata imprescindible, la del homo ludens, el ser humano que juega. Su análisis, a través de distintas culturas a lo largo de los siglos, muestra cómo muchas, si no todas las prácticas culturales y sociales, empezaron siendo un juego. Y luego, poco a poco, tornaron en algo serio o sagrado. Derecho, economía, lenguaje, filosofía, religión… por todos los lados quedan huellas del juego que fueron al principio.

Muchos animales, a los que no se les supone cultura, juegan. Y los bebés, que culturalmente son aún una hoja en blanco, también juegan. Hay algo precultural en el juego pero, además, el propio juego ha ayudado, y ayuda, a construir la cultura. Este poder se evidencia en esta reflexión de Huizinga; “disculpamos antes al tramposo que infringe o se aprovecha de las reglas del juego, que al cínico que las niega y se sitúa al margen del juego aceptado por los demás”. Nos ofende que alguien nos haga trampas, pero es más doloroso que no tome en serio, o ningunee o ridiculice, el juego que para nosotros es importante.

Huizinga define juego como “una actividad voluntaria y autoconcluyente que se desarrolla dentro de límites temporales y espaciales, que se rige por reglas aceptadas libremente, que genera tensión y alegría y cuyo fin es el juego en sí mismo”. Dicho esto, pensemos en la oficina contable de una empresa; su actividad ocurre dentro de límites temporales y espaciales. En cuanto a las reglas, muchos, si no todos los trabajadores, están allí, sobre todo, por el sueldo que obtienen a cambio de las tareas que les encomiendan. Quizás obtienen alguna recompensa adicional a través de la socialización. Se trata de un juego libremente aceptado, aunque con asterisco; ¿qué margen de maniobra tiene cada jugador? Por otro lado, la actividad genera momentos de tensión, en cambio, la alegría es más escasa. Por último, para unos el juego es autoconcluyente y cada día hallan nuevos retos. Para otros no, es algo monótono a lo que no le ven salida.

Los trabajadores pueden llegar a introducir reglas por su cuenta, como competir con un compañero en la resolución de una tarea, o contra sí mismos por rebajar el récord en la resolución de otra. O, en la oficina entera, al concluir una tarea común, puede sonar una canción o la máquina repartir cafés gratis. O los miércoles todos pueden llevar algo que han cocinado para compartir con los demás o disfrazarse todos de pingüinos. Estas reglas no cambian el objetivo del juego, aunque introducen mecanismos que lo hacen más estimulante. En el parchís, el objetivo es llegar el primero con todas las fichas al final y, por medio, hay un montón de reglas que hacen que sea más divertido.

Gamificar, ludificar y serious games

Gamificar o ludificar es aplicar mecanismos de juego en un escenario para favorecer algún objetivo. Supongo que alguna vez habréis jugado a algo que os ha defraudado, ya que el juego era una pobre excusa para soltar algún rollo o intentar convenceros de algo. Dice Huizinga que “el juego es siempre un fin en sí mismo”. Es legítimo perseguir otros objetivos a través de él, aunque si eso implica desvirtuarlo, o no tomarlo en serio, ni tendremos juego ni lograremos objetivo alguno.

Serious games son juegos, o aplicaciones de los mismos, diseñados con un propósito principal distinto al entretenimiento. El término me resulta confuso; prefiero decir que son juegos que se usan en entornos formales como el laboral o el didáctico. Ya que, ¿qué juego, o cosa que aspire a llamarse así, puede no poner por encima de todo el entretenimiento? Entendiendo entretenimiento como una mezcla de tensión y satisfacción que nos mantiene a la vez contentos y enchufados.

Juego o juguete

Es legítimo observar todo cuanto ocurre en la vida desde la perspectiva del juego y, en tal caso, plantear de qué tipo de juego hablamos en cada caso en función de los parámetros que hemos puesto sobre la mesa.

¿Qué apostamos en cada juego? Dinero, bienestar, la vida como en la ruleta rusa, autoestima, orgullo… El juego es muy distinto según lo que se puede ganar o perder.

¿Cuál es la relación entre tensión y alegría? La tensión del juego puede ahogar la alegría. En tal caso, disfrutaremos a lo sumo al final, de lograr lo que está en juego, pero no durante el juego. También puede pasar que el juego aporte mucha alegría, pero poca tensión. En este supuesto, es probable que la alegría torne pronto en aburrimiento. Lo ideal es que estén en un equilibrio donde se retroalimenten.

¿Es el juego autoconcluyente? Hay juegos que son largos, como Los Sims y otros similares de simulación social. Nuestra propia vida también puede entenderse como un juego con distintas pantallas y retos donde, si cada una tiene unas reglas claras para ser superada, el juego será autoconcluyente, aunque abierto. Una partida de parchís, en cambio, es autoconcluyente; aunque cerrada, podemos empezar una nueva, pero no continuar desde la concluida. ¿Qué pasa si no es autoconcluyente? Un partido de fútbol que no termina es una pesadilla. En la vida, si quedamos atrapados en incertidumbres sin fin aparente, tampoco es bonito. La pantalla se puede superar ganando o perdiendo, con más o menos puntos, pero el juego debe terminar, sea parcial o totalmente. Igual que, con independencia de como haya marchado el día, la noche le pone fin.

¿Hemos aceptado las reglas del juego? ¿Lo hemos hecho libremente? ¿Conocemos siquiera las reglas? Si la respuesta a las tres preguntas anteriores es sí, somos un jugador. En cambio, si la respuesta a alguna de ellas es no, no digamos si es a todas, debemos plantearnos si en ese juego, en vez de un jugador, somos un juguete en manos de reglas ajenas o desconocidas, o de quien hace esas reglas.

Nosotros diseñamos y solemos usar juegos en los servicios que ofrecemos. Muchas cosas transcendentales que se logran con ellos sería imposible de otro modo. Dadlo por seguro.